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Sobre “compra y calla”, de Alberto Vergara

Publicado: 2022-10-03

Por César Azabache Caracciolo

No me atrevo a pretender que escribir reseñas sea un género, pero sí me queda claro que toda reseña persigue alguno de estos objetivos: poner un texto sobre la mesa, sugerir una manera de leerlo o anunciar una polémica. En este caso reseño un texto que se coloca solo sobre la mesa, sin esfuerzo alguno. Se trata de uno de los politólogos más influyentes de nuestro medio ofreciéndonos una reconstrucción sintética del ciclo 1992-2021. El autor y el periodo simplifican la tarea de escribir una reseña porque, organizado desde estos cimientos, el ensayo reclama ya obligatoria lectura.

Alberto aterriza aquí una mirada que ya venía anunciada en el prólogo a la segunda edición de “Ciudadanos sin república” (Planeta, mayo de 2018). Desde la mirada de Alberto nuestra historia republicana está edificada sobre la aspiración a ser representados; una aspiración que, sin haberse convertido en más que eso, muta ansiosamente después del fracaso de los años 80’ hacia la necesidad de ser gobernados. “Ser gobernados” se convierte en la mirada de Alberto en el fundamento de un proceso que se ahoga en los resultados incompletos que produce. El ensayo repasada el periodo reparando en el sentido de esta secuencia.

Alberto fija el punto de quiebre entre la aspiración a ser representados y la demanda a ser gobernados en 1992, con el inicio de un periodo que alcanza una expresión diría yo “normativa” en la Constitución unicameral del 93. Alberto se detiene con cuidado para mostrar lo que esa unicameralidad significa: Es una unicameralidad que reduce al Congreso a la mitad del tamaño que tenía al comenzar 1992, y que con ello pretende anunciar un esquema subordinado al dictado del gobierno. El modelo penetra los ocho meses en que Alberto encuentra desplegarse la narrativa republicana de un Paniagua transicional, post fujimorista. Alberto reconoce en perspectiva en Paniagua “un esfuerzo efímero”: El modelo traspasa la transición del 2000 y se adapta con facilidad a sus condiciones no autoritarias. Cumplidos los 8 meses de la transición “nadie retomó aquellos principios políticos” que Paniagua intentó posicionar como base de un plan nacional al sumir el gobierno trasitorio (18). Nos guste o no, la primavera republicana de Paniagua tranzó sin cortapisas con el modelo economicista instalado en los 90’. De hecho, para equilibrar el ambiente post fujimorista, con todo lo que implica, con la conservación del economicismo que estaba en la base del modelo, en la transición se retiró la firma de Fujimori de la Constitución, pero se conservó al Congreso unicameral que constituía uno de sus fundamentos.

“Los peruanos fuimos invitados a comprar y callar. Y acudimos a la cita” (401). Alberto reconstruye la forma en que el modelo, readaptado a un entorno no autoritario, pero tampoco republicano, se convierte en el punto de cohesión del sistema político. Es el “consenso del 2000” al que se refirió Mauricio Zavaleta como eso que “se agotó y ya no alumbra” (EC, 08/08/2021). Alberto encuentra también ese agotamiento, pero en el medio del proceso encuentra la conformación narrativa de ese proyecto “El perro del hortelano” de García: “No es que García inventara este horizonte modernizador, pero tuvo el interés y la capacidad para ponerlo en blanco y negro y hacerlo público. Y triunfó… Lo que ha gobernado efectivamente el Perú durante estos últimos diecisiete años es el proyecto hortelano” (19 y 20)

“El proyecto hortelano”. Encuentro esta construcción más gráfica en los detalles de lo que aceptamos que se haga entre nosotros que el genérico “neoliberalismo” que forma su clase. Aquí no solo hay un economicismo que se desentiende del entorno institucional en que se mueve. El ciudadano puede ser “un perro”, literalmente; un animal que puede ser pateado. Se trata entonces de una narrativa que más que distancia exhibe desprecio hacia la ciudadanía y representa el desencuentro que conduce a Bagua, a un Humala que más allá de las preferencias pasa del “Conga no va” al “Conga va”, al agotamiento de un esquema de gobierno que con PPK termina no sabiendo cómo gobernar y, enredado en sus propias trampas, sucumbe, en el medio de la crisis de Odrebrecht, ante un Congreso que en el diseño original tendrá que haberse mantenido subordinado al esquema y sin embargo comienza a atacar ministros, incluyendo a uno de Economía; un puesto virtualmente endiosado en el periodo que comenzó con la transición.

Para Alberto lo “alucinante” es que “ante toda la evidencia intelectual, de datos y resultados políticos” que mostraban sus fisuras “el hortelanismo no haya sido abandonado” (25). La crisis actual, concluye Alberto, “está hecha de todo aquello que el proyecto hortelano deliberadamente consideró insignificante para el progreso del país: instituciones, Estado de derecho y ciudadanos” (22).

La aceleración del proceso de debilitamiento del modelo hortelano se produce en una pandemia que también Alberto compara con una guerra que sirve de antesala a las elecciones que confrontaron a Fujimori con Castillo.

En la introducción del 2013 a la primera edición de “Ciudadanos…” Alberto recordó una construcción que acuñó Alfredo Torres intentando describir el inicio del desánimo que entonces ya se podía percibir en el ambiente: “La paradoja del crecimiento infeliz”. Decodificando los términos de la paradoja, Alberto nos decía entonces que “El contrapunto peruano contemporáneo está dado por el éxito de la promesa neoliberal y por el fracaso de la republicana”. “Lo primero [concluía] es responsable de nuestro crecimiento. Lo segundo produce la infelicidad” (“Ciudadanos…”, 37 y 38). Páginas más adelante había anotado: “en veinte años el neoliberalismo cumplió con sus promesas [aunque esas promesas, anuncia, no originan un sistema institucionalmente sostenible], el republicanismo se apresta a cumplir doscientos y nos sigue fallando” (43). Alberto encontró entonces que la amargura se expresó en el ambiente en que fue elegido Humala en 2011 (433). En el epílogo a “Ni amnésicos ni irracionales”, escrito en el 2018, Alberto nos dice, no libre de esa amargura, que García, luego de integrar narrativamente el espíritu del modelo hortelano “nos dejó con una segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Ollanta Humala” (203). Tal vez habría que decir que el ciclo de desencuentros finales que el modelo hortelano impuso entre 2016 y 2019 y luego la Pandemia nos dejaron en una segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Pedro Castillo.

Entre el falaz entusiasmo (“optimismo desbordante” le llama en la página 429) del crecimiento de la primera década del siglo y el presente Alberto pone el acento en un proceso que comenzó a intentar ser abordado en los ochenta, pero que se despliega invisiblemente hasta penetrar todos lo nichos que el modelo hortelano desatiende: La informalidad. Alberto recuerda que José Matos Mar, Hernando de Soto y Carlos Franco intentaron, desde diferentes miradas, teorizar sobre ella, sin producir una teoría de referencia que comprendiera sus riesgos. Pero “a pesar de ser portador[a] de nuestros males, la informalidad fue tratada como una virtud: más que conceptualizarse desde la ausencia de ley, se le interpretó como manifestación de un mercado libre, espontáneo y creativo” (419). Más que usar las referencias asociadas al mercado laboral Alberto cita a Arevalo y Fort para mostrar que una informalidad medida por la expansión urbana alcanza al 2018 al 93% de la población. La confrontación con el despliegue de ese proceso que acumula sectores y energías no diferenciadas conduce a una de las pistas más importantes para leer el presente: “Esta debacle representativa, sin organizaciones y regida por oportunistas, se convirtió en una puerta abierta para que intereses informales e ilegales introdujeran a sus gestores particulares en la gran mayoría de bancadas parlamentarias y gobiernos nacionales” (430 y 431). “Hoy tenemos [continua Alberto] jefes de extorsionadores que son alcaldes para asegurar su impunidad, gobernadores regionales que son cabecillas de las actividades ilegales más lucrativas de su región, y un congreso infiltrado de representantes de diversas actividades particulares: legisladores que no están ahí de sea representar el interés general sino para conseguir una excepción tributaria para su compañía de transportes, asegurar que no se regule su universidad, negociar un mejor trato para las azucareras que representan, impedir que niñas y niños en el Perú sean educados en la convicción de la igualdad de oportunidades, etc.” (27 y 28).

Aquí se detiene el relato. Alberto termina de escribir esta historia cuando se instala el régimen (¿es un régimen en forma?) de Castillo. Informalidad e ilegalidad han pasado ya de las municipalidades a los gobiernos regionales, de los regionales al Congreso y del Congreso a Palacio de Gobierno. Al cerrar las páginas me pregunto si podemos verdaderamente construir desde estos restos un proyecto republicano. En la introducción a “Ciudadanos….”, en 2013, Alberto ya había anticipado la duda: “¿Será gobernable el Perú cuando escasee de esteroides del crecimiento y las instituciones sean las de siempre?” (45). Pues bien, la esteroides del crecimiento escasean ahora mismo y las instituciones son las de siempre. Alberto nota que “Se extingue una época y nadie puede entrever como será la que le sucederá” (402). Agrega que “Como en una suerte de bucle histórico, la época del gobierno sin representación termina haciéndose añicos, y el péndulo parece anunciar el regreso de la representación sin capacidad de gobierno” (469). Por eso estamos viviendo ahora mismo “En el borde, en la zozobra, en la incertidumbre, en vilo… Como quien insiste o se ve obligado a construir una casa en la quebrada por la cual pasan los huaicos cada año y solo le queda vivir rogando que la próxima temporada de lluvias no sea de las peores” (462).

Tenemos la descripción. El libro entero, desde la introducción y la carátula (la piedra, leída en las referencias al mito de Sísifo que contiene la presentación) invitan a pensar nuestra historia haciéndonos cargo del peso del absurdo. Entonces la pregunta merece un giro. No se trata, al menos no aún, de saber si esta vez sí podemos lograrlo. Se trata ahora de establecer la ruta para intentarlo “haciéndonos cargo” (aquí encuentro el núcleo del libro entero, también de este ensayo) del peso que implica ser más que compradores silenciosos: ser ciudadanos libres no condenados.


Escrito por

César Azabache

Conduce "Conversaciones desde la coyuntura" y "En Coyuntura".Tiene una columna de opinión en La República y publica en espacios digitales.


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